Muerto

El ómnibus se retira de la terminal. Decenas de personas se despiden mutuamente. Unos hacia adentro, otros hacia afuera. Un hombre sentado en un muro ve el espectáculo. No saluda a nadie. Nadie lo saluda. Está muerto. Se había despedido por última vez hacía mucho tiempo.


Semana de turismo había llegado. El sábado antes de ir a la oficina, él la llevaría a la terminal, como había prometido. Iba a visitar a su madre a quien no veía hacía medio año. Estaba radiante, más joven que nunca, con la respiración fresca de los enamorados por la mañana. El sol hacía que brillaran sus ojos grandes, negros.

Sabía que la extrañaría, pero una semana sólo le haría volver a sus raíces de adolescente, sin compromisos ni preocupaciones. Iba a disfrutar la soledad por unas noches. Miraría películas sin argumento. Comería mal. Dormiría sobre trapos arrugados.

Llegaron tarde. Corriendo alcanzaron el ómnibus que estaba cerrando las puertas. El guarda, con una mueca cómplice bajó para guardar el bolso en la bodega. Aprovecharon para besarse fugazmente. Se subió y desde su lugar le sopló besos depositados en la palma de la mano, capaces de atravesar cualquier ventana y objeto que se interpusiera con sus labios. Con el pulgar en la oreja y el meñique en la boca, le hizo entender que lo llamaría cuando llegara.


En la ruta un peón borracho que nunca supo manejar el alcohol se cruzó frente al ómnibus. El chofér perdió el dominio y luego de un largo chirriar de cubiertas, el coche chocó contra un terraplen y volcó. Ella salió despedida. Murió camino al hospital.