Esa noche la cancha estaba embarrada, la marca era férrea y los rivales esquivos. Las luces me encandilában y mis oídos ya estaban abrumados. Desde el momento que ingresé, puse toda la atención en mi objetivo: hacer el gol con el que tanto había soñado.
Con el paso de los minutos, me fui poniendo cada vez más nervioso. El tiempo se acababa y yo no me animaba a dejar mi posición.
Sobre los descuentos vi la oportunidad. El carril derecho quedó vacío. Pegado a la banda me moví ágilmente. Tuve que eludir varios obstáculos en mi camino antes de llegar. La portería a unos metros. Finalmente pude esquivar la última defensa y la tuve frente a mi:
- ¿Bailás? - le pregunté.
- Sí, estuve esperando toda la noche que me lo pidieras.