Una noche, tentado por un murmullo inusual, decidí salir de mi habitación y transitarlo una vez más. Esta vez se veía distinto. Todo brillaba como la primera vez. Curioso caminé por el largo pasillo hacia la escalera. Cerca de ésta, vi a un niño que la subía. Mi sorpresa fue mayor, hacía mucho tiempo que me sabía el único huésped. Su cabellera rubia, llena de vida, me paralizó. Ambos quedamos contemplándonos un instante. Pero él fue más rápido en gritar. Y el pánico me hizo retroceder.
Ahora salgo de mi habitación solamente cuando el silencio es total. Y si siento algún viajero, evito cruzarlo. Rápidamente atravieso las paredes y me cubro con las sábanas temblando de miedo.