Se despertó. La ausencia de ventana y luz natural lo obligaba a prender la portátil. Permaneció inmóvil unos minutos boca arriba, mirando el techo con los brazos a los costados del cuerpo. La pieza era grande. Las paredes estaban pintadas de celeste hasta un metro cincuenta del piso. A partir de allí de blanco. Una silla en un rincón era todo el ropero que tenía. La ropa se encontraba amontonada y medianamente ordenada. En el piso de madera, de tablas largas, los zapatos y una estufa de cuarzo. Junto a la cama una mesa sostenía sobre su lomo lentes, monedas, la portátil, papeles arrugados y libros. La página central de una revista de deportes con un equipo de fútbol posando, se encontraba pegada en la pared opuesta. Era la única decoración visible además de un retrato oval en blanco y negro que colgaba sobre la cama. Frente a esta, una mesa sostenía un televisor blanco y negro. Casi contra la puerta, otra mesa vieja de bar indicaba la zona del comedor. Radio clarín se escuchaba en la habitación contigua, y como en todas las horas pares cantaba Carlos Gardel.
Se levantó y fue al baño. Por supuesto no quedaba en su pieza. Si bien la pensión era prolija, a la vez modesta. Él tenía la suerte de no compartir la habitación con nadie. Eran las ocho y veinte a.m. cuando fue a la cocina a calentar el agua para el mate. Puso la caldera en la hornalla, yerba en el vaso y esperó. Gladys pasó por un instante en busca de sus galletas y lo saludó. Él con la mirada perdida en la ventana, le retribuyó el saludo brevemente. Cuando le dio la espalda la miró de reojos, tomándose un instante para contemplarla. Luego volvió a pensar en sus nietos. Hoy lo visitarían. Llegarían a las 12. El agua hirvió. Se llevó la caldera al cuarto y prendió la radio. Cebó unos mates escuchando “Lo que vos te merecés” de Abel Aznar. Murmuró sin darse cuenta:
“Y vos, estoy seguro
que habrás echado buena
y que te dio vergüenza
entrar en el bulín.
Ya no andarás cuerpeándole
al hambre y a la pena.
Tu vida noche y día
será un solo festín”
Sobre las 10:00 luego de pasar largo tiempo inmerso en sus recuerdos se levantó para ordenar la pieza. Tendió la cama, acomodó la ropa y se encontró parado en la mitad de la habitación sin saber qué hacer. Se volvió a sentar en la mesa, frente a la radio y tomó unos cuantos mates más, ya con el agua tibia. Sobre las 11:30 decidió prepararse. Su mejor pantalón, su mejor camisa, su mejor pañuelo al cuello. Estaba pronto. Se sentó nuevamente. Ya no tomaba mate. Sino que miraba a su alrededor y comparaba resignado su pasado con su presente.
Los golpes en la puerta lo sorprendieron y tardó en reaccionar. Esta se abrió. Cuando los vió entrar corriendo, se agachó para abrazarlos. Con las rodillas en el piso rodeo a cada uno con sus brazos y los apretó fuerte contra su cuerpo. Respiró profundo con los ojos cerrados. Su hija entró atrás. Incorporándose la saludó. Ella, con la misma expresión que 30 años atrás, lo abrazó. Enseguida volteo para ver qué hacían sus nietos. Como era de esperarse revisaban bajo la cama. Ya habían encontrado los paquetes. Su nieta se emocionó al descubrir una muñeca de trapo casi de su tamaño, mientras su nieto destrozaba el envoltorio con forma esférica. Así, la tarde transcurrió. Cada pocos minutos, la charla con su hija alternaba sin lógica con respuestas infantiles a comentarios del mismo tenor.
Ella le preguntó, “¿cómo estás, papá?”
No pudo evitar pensar en su pasado una vez más. Y no se refería a otra cosa. Quiso tranquilizarla, y con una sonrisa, acariciándole la mano sobre la mesa de cármica, le respondió que estaba bien.
La semana anterior se habían cumplido treinta años de aquella separación abrupta, unilateral, que había logrado derribar en segundos, todo lo que había construido durante años y que él creía firme como una fortaleza.
Fue una tarde de invierno, volvía de su trabajo sobre las 18 hs. El día gris calmaba la ciudad. Aún recuerda que estaba cansado, especialmente cansado. 53 años cargaba sobre su espalda, en su bolso y en sus zapatos. Cuando ingresó a su casa la notó fría. La percibía así hacía varias semanas. Fue directo al baño, se lavó la cara y se miró al espejo. Sabía lo que le esperaba. Hoy o mañana. Tomó aire y salió. Su esposa aguardaba sentada en una banqueta de madera sin recostarse al respaldo, con la piernas juntas y las manos sobre ellas. Cruzaron miradas fugaces antes que su hija llegara corriendo para abrazarlo. Él se agachó y la apretó fuerte. Tan fuerte que ella tuvo que empujarlo para respirar. Se desplomó en el sillón frente a su mujer y esperó la sentencia. Media hora después de escucharla hablar, reprocharle y reclamarle respuestas, el silencio reinó por fin. Él seguía inmóvil. Hundido en los almohadones, con los brazos estirados en los posa brazos y la cabeza a medio agachar, mirando la nada. El orgullo que le quedaba templó sus cuerdas vocales para decirle, carraspeando, que a la mañana se iría y no volvería. Fue la peor noche de su vida, al igual que la siguiente, y la siguiente.
Tal como lo había prometido, en la mañana se fue de su casa. Ese mismo día la dueña de la pensión lo vio entrar con la misma mirada de todos quienes por un motivo u otro terminaban allí. Ella era muy amable, casi maternal y por las noches siempre dedicaba sus rezos a sus clientes, nunca a sí misma. Se instaló en la pieza. Acomodó sus pertenencias fortuitamente, esperando nunca arraigarse y marcharse pronto. Que una voz arrepentida le pidiera por teléfono que volviera. Sin embargo los días pasaron, los meses, los años. Y él siguió allí.
Pero aquel, no era un domingo cualquiera. La visita de su hija con sus nietos no debía llegar hasta la próxima semana. Sin embargo, algo la había adelantado. El tema no salió hasta la media tarde. “Mamá está muy enferma, los médicos no saben qué tiene. No come, no se levanta. Se está quedando en casa. Pero estos últimos días ha empeorado mucho. Se pasa el día en silencio, no nos responde cuando le hablamos, y solo sonríe cuando los chiquilines van a su cama.”
Él no respondió, para ese entonces miraba el piso entre sus piernas abiertas con los antebrazos apoyados en sus muslos y sus dedos entrelazados.
“Hay algo más. En la última semana no ha dejado de preguntar por vos. Traté de tranquilizarla, contándole que estabas bien. Que tu vida estaba bien. Pero vuelve a hacerlo a las horas. Además, las cosas cambiaron hace dos días. Ya no solo preguntó por vos, sino que pidió verte”.
Estas últimas palabras le hicieron levantar la cabeza con un gesto de total sorpresa. Hubiera esperado cualquier cosa, pero no eso. Su reacción fue la de repetir las últimas palabras de su hija en forma de pregunta. La cual fue respondida con un movimiento afirmativo de cabeza.
“Y a pesar de todo, papá, me gustaría que la visitaras” Se paró inmediatamente de forma brusca. La silla se arrastró hacia atrás por el impulso. Ahora sentía indignación. Cómo le podían pedir tal cosa. Se descargó con su hija con una fuerte mirada, pero al instante volvió a mirar el piso, avergonzado.
Habían pasado más de treinta años. Sin tener noticias directas, apenas a veces recibía algún dato de forma tangencial que sin querer le transmitían. Su esposa nunca lo había visitado, ni llamado, ni escrito.
Luego de un rato de pensar en silencio, le confirmó que la visitaría al otro día.
Cuando llegó a la casa, se paralizó frente al timbre. Así estuvo varios segundos. Pensó en irse, pero le había hecho una promesa a su hija. Finalmente la puerta se abrió sin que anunciara su llegada. Uno de sus nietos quería salir a jugar. Recompuso su ánimo y su expresión y lo saludó con un gran beso. Su hija apareció atrás y lo invitó a pasar. Unos minutos de charla incómoda en voz baja, como quien habla en la sala de espera de un hospital, se dieron antes que ella le indicara, de lejos, el cuarto donde su esposa; su ex esposa, descansaba. Al mismo instante, apuró a sus hijos y se fueron. Él quedó solo en un extremo del pasillo que llevaba a los dormitorios. Juntó coraje y comenzó a caminar lentamente.
Dio unos suaves golpes a la puerta entreabierta y entró. Parado en el umbral la miró fijamente. Ella, que se encontraba recostada le devolvió la mirada en silencio. Él se lamentó no haber podido vivir el proceso de su vejez día a día, y tener que recibirlo intensamente en un instante. Caminó suavemente, sin bajar la mirada hasta su lecho. Todo trasncurría en segundos, pero parecían horas, días, años. 30 años. Pisando el orgullo le besó la frente y se sentó en la butaca al lado de la cama. Ella extendió la mano y él la tomó. Mirándola no pudo evitar pensar en el final del tango que en la mañana anterior tarareó sin imaginar dónde se encontraría horas más tarde:
“¿Qué decís? ¿Que te engañaron
con un mundo de promesas?
Que volvés arrepentida,
que hoy recién me comprendés.
¡Qué querés si se acabaron
tus delirios de grandeza!
Hoy tenés de recompensa
lo que vos te merecés”.
Si embargo, le apretó la mano, sonrió y le pidió que descansara.