El viejo bar se encuentra en una clásica esquina de la ciudad. Ha cambiado mucho en los últimos ochenta años, pero son cambios imperceptibles excepto para unos pocos clientes habitué. Es un salón grande, con forma de ele, plagado de mesas acomodadas en dos filas. El mostrador cuenta a lo largo con taburetes, ideales para los clientes solitarios, que solo les interesa mirar el vaso y cómo baja el alcohol en él. Varios ventiladores cuelgan del techo, todos apagados. La condición añeja y melancólica, le da la calidez necesaria para que uno se sienta sumamente cómodo y distendido al ocupar una de las mesas.
En los días de semana como hoy, donde las gotas de lluvia golpean los ventanales, tres personas lo atienden. José, gallego cerrado, a quien siempre se lo encuentra inmóvil detrás de la caja, con los ojos perdidos mirando el televisor y en un continuo cambiar de canales. Solo distrae su atención si Mario, el mozo, le alcanza una cuenta. Él, Mario, parece tener los años del bar y siempre se lo puede ver, cuando no atendiendo algún cliente, que nunca llegan a ser demasiados, acodado al mostrador con sus piernas cruzadas. Marcos es el encargado de cocina de turno. El bar no se caracteriza por sus platos, es por eso que la permanencia en este puesto, nunca fue motivo de atención. Sí es famoso por la cerveza bien fría, la grappa miel casera que prepara la esposa de José y estar abierto en todo momento. No le falla a esos clientes que a cualquier hora del día, cualquier día de la semana buscarán sus puertas abiertas.
Esta tarde, solamente dos mesas están ocupadas. En el vértice de la ele, contra la puerta, un padre y su hija. En línea recta, pero en el otro extremo del salón, dos amigos. Ambas conversaciones difieren en su tono y su contenido. En la primera el padre fue citado por su hija porque quería comunicarle algo fuera de su casa. En la segunda, Fernando y Martín, amigos de toda la vida, decidieron tomarse “una” a la salida de la facultad.
Mario se acercó y les preguntó qué se servirían. El padre pidió un cortado largo, ella una cerveza. Inmediatamente la sorpresa de él quedó en evidencia. Girando la cabeza y abriendo los ojos la miró.
-Papá, tengo 23 años, no jodas -le respondió ella. El hecho de encontrarse en una situación atípica, le genera ciertas dudas de cómo actuar. Pero a la vez se siente bien. Por primera vez experimenta mutua complicidad, la que nunca antes pudo sentir por regirse bajo las reglas padre-hija. Pero hoy el terreno de juego era otro. Las reglas eran otras y por eso le exige a Mario que esté bien fría.
-Una cerveza bien fría -reclaman los dos amigos al unísono, ante la misma pregunta que el mozo repite una vez tras otra, día tras día.
Los diálogos comienzan a fluír. En la primera mesa entrar en clima cuesta. Ninguno de los dos tiene la certeza de qué hablar, aunque saben que hay un tema de fondo que tratar que los reunió. Sin embargo comentan noticias y novedades de la semana, de la gente que afuera corre para no mojarse, de la belleza clásica del bar. Y de otros tantos temas sin importancia. En la segunda mesa, la amistad que comparten, parece hacerlos sentir en una conversación continua, que no se ha detenido en los últimos diez años. Hablan de deportes, de drogas. De las compañeras de facultad, de la noche del sábado, de la mañana del domingo.
-Bueno, pa -dijo ella-, cortando el diálogo sin sentido que se había extendido más de lo necesario. Ya habían hablado suficiente de los paraguas dados vuelta por el viento, de noticias extraordinarias de la semana pasada, de la decoración del bar, que había sido innovadora en su momento, luego obsoleta y luego vintage.
-No quería hablar en casa, porque no quería ser interrumpida, pero vos sabés que es prácticamente imposible tener una conversación seria. Si no es por los pendejos que viven peleándose, es porque mamá interrumpe con una idea traída de los pelos y que ella ve como un descubrimiento increíblemente lógico, digno de alguien iluminado, pero estúpido a los ojos de los sobrios -en esta oración logró poner en palabras las ideas que su padre comparte. Por resignación y vergüenza, no ha podido hacer nada para cambiar la situación.
-Estoy un poco cansado de ésto -le dijo a su amigo y cambió por completo el tono de la conversación-. De salir todas las noches con una mina distinta, de no tener a nadie con quien juntarme sin tener que cojer, de no poder compartir algo que no se quede en la piel.
-Andá a cagar -fue la respuesta de su amigo-, ¿te volviste puto ahora? -poniendo por delante el macho, sin dejar entender que él se sentía igual.
-No seas imbécil, sabés de qué te hablo. -Su amigo hizo silencio-. Estoy en un buen momento, no lo discuto. Pero me cansé. Quiero conocer a alguien que me vuelva loco para no tener que verte más la cara!-, bromeó.
Mirándolo a los ojos y hablando pausadamente, como quien tiene la última oportunidad para hacerse entender, le dijo:
-Me voy de casa. -Su padre no estaba esperando eso. Esperaba una confesión un poco problemática pero menos dolorosa. No que le quitaran el único apoyo que tiene dentro del calvario que vive. El pecho se le llenó de angustia y las primeras señales de darse cuenta que estaba frente a una situación completamente indeseada se hicieron evidentes. Tartamudeando respondió
-¿Q-qué? ¿P-por qué?
-Me hablás en serio?! -responde ella ofuscada -porque la situación que vivimos en casa es una mierda, no soporto más a los pendejos esos que no me dejan tranquila. No soporto más no poder llevar amigas a casa porque el pedo de mamá me da vergüenza. Y porque ya no tengo motivos para quedarme! -enfatizó dando un pequeño golpe a la mesa. -El padre tragó saliva, evidentemente él no era un motivo para su hija. Tan así que el hecho de estar hiriendolo con cada palabra a ella no se le cruzaba por la mente. Llegó a pensar que hasta estaba castigandolo.
-Mario, traenos otra -dijo en voz alta su amigo y enseguida preguntó-: ¿y qué pensás hacer? -para luego terminar el vaso-. Uno no dice “ahora voy a conocer a la mujer de mi vida”, y esto pasa. -Su amigo decía una gran verdad, él la sabía, y sabía que el sábado siguiente iba a estar borracho en la barra de algún boliche. Pero dentro de él las cosas empezaban a cambiar.
-Ya se, pero capaz empecé a madurar -dijo, y lo acompañó con una carcajada.
-¿Y cómo pensás vivir? Yo no voy a mantenerte, con el trabajo que tenés no te va a alcanzar -amenazó con la intención de causar el miedo necesario para que ella se arrepintiera. Pero su convicción era más fuerte.
-No se, no me importa. Viviré a lo pobre, con una amiga, o meteré al primer tipo que se me cruce -contraatacó. Viéndose en una batalla que no podía ganar, su padre desistió de convencerla y se alió con ella. Se alió mediante un silencio reflexivo.
-¿Están servidos?
-Si, gracias -Respondió la hija.
-Traenos otra cerveza y un vaso para mi -Dijo su padre, y continuó dirigiéndose a ella- ¿Cuándo te vas?
-No se, ya hablé con Mica. Me quedo en su casa hasta que encuentre algo.
-Ahora nomás, entonces? -Indagó
-Y si…-Él respiró profundo y tomó un largo trago de cerveza.
-¿Qué pasó con aquella morocha que conociste la otra semana?
-¿Por qué te acordás de ella ahora? -Preguntó
-Esa mina con el veterano en la otra mesa me hizo acordar.
Giró para mirarla y la contempló por unos segundos.
-Ojalá estuviera tan buena. Con la morocha no pegué onda. Salimos una noche entre semana, pero no me gustó. Estaba para la joda. -Respondió.
-¿Y eso? Presentamela hijo de puta! Qué más querés en una mina? -preguntó ofuscado.
-No entendiste nada de lo que te hablé, no?
La lluvia afuera había dismunuído, pero no cesado. Por un instante el bar quedó en silencio a no ser por el murmullo del televisor. Todos adentro contemplaron simultaneamente el exterior. Una mujer empapada, que vestía un sobretodo a la moda y se cubría con un diario entró al bar. Las miradas se posaron en ella.
-¿Puedo pasar al baño? -preguntó sonriendo resignada. Mario levantando el codo del mostrador le indicó en silencio dónde quedaba. Y hacia allí se dirigió mientras José volvía a mirar la pantalla. El padre la contempló alejarse, atraído por el movimiento de un cuerpo en la quietud del bar, pero sin prestar atención de qué se trataba. Su hija la miró con envidia, encantada por la actitud y belleza con la que se desplazaba. Los dos amigos la inspeccionaron en segundos y regocijaron sus ojos sin miedo de enfrentarla en una cama, a pesar de los años que ella les llevaba. Desapareció en un recodo.
-Me voy, estoy cansada y todavía tengo que pasar por lo de Mica a arreglar el cuarto donde me voy a quedar -Interrumpió la hija los pensamientos del padre.
-¿Querés que te lleve? -Respondió él.
-No, voy para el otro lado. Terminá la cerveza y pagá la cuenta. -Bromeó.
-Bueno, Fer, me voy para casa. Tomá unos mangos para la cerveza -Dijo tirando un billete arriba de la mesa mientras decía-: Creo que voy a llamar a Jose.
-¿Josefina tu ex novia? -preguntó sorprendido siguiendo los ojos de Martín que se paraba.
-Si. Al final no se por qué la dejé. Es una buena mina. Y las cosas que no me gustaban tampoco son insoportables, después de todo no existe la mina perfecta, no?
-No, pero ella está lejos de ser algo bueno para vos. ¿Te olvidás todas las que pasaste?
-Chau pa -le dijo dándole un largo beso, como haciéndole entender que sí le importaba.
-Nos vemos mañana en clase -aseveró, concluyendo la charla y despidiéndose con un fraternal choque de manos.
-Está brava la lluvia! -Dijo Martín mientras abría la puerta de bar para que ella saliera.
-Sí -le respondió con los ojos alegres -Pero no deja de tener su encanto.
-Voy para el centro, ¿querés compartir un taxi? -Preguntó él, sin pensarlo demasiado, con una sonrisa cautivadora.
-Sí, ¿por qué no?