Un par de zapatos negros, de cuero, esperan juntos sobre el cordón de la vereda en una esquina. Una esquina de la ciudad, donde el verde de la naturaleza escasea, y el gris del concreto abunda. Están colocados juntos, en paralelo, con las puntas apenas asomadas a la calle. Es una esquina abierta. La vereda es ancha, existe un retiro prudente entre las casas sin jardín y la calle.. Son las 9 de la mañana.
“Feliz cumpleaños pa’” le dijeron las hijas. Esta última imitando a la primera. Abrió el paquete envuelto con un papel rosado con líneas rectas rojas y un moño rojo, al mismo tiempo que confirmaba que la esposa le había comprado los zapatos que necesitaba para el nuevo trabajo. Lo había conseguido luego de cinco meses de que cerrara la fábrica y el quedara desempleado. Con felicidad en el rostro, besó a cada una de ellas y se los probó. Hacía mucho tiempo que no sentía sus pies tan cómodos dentro de un calzado. Así, de pijama y zapatos de cuero, se sentaron a la mesa a desayunar. Un par de años después, cuando embalaban las cosas para mudarse los encontró en el fondo del placar. Ya no los volvería a usar. Estaban muy viejos para su nuevo puesto, pero si le podrían servir a muchas otras personas. Los limpió y lustró cuidadosamente, y dentro de una caja de mocasines recién estrenados los colgó de un árbol para que alguien se los llevara.
9:15. Estoy sentado en el auto, estacionado en la esquina en diagonal a la que están los zapatos. Esperando. Los zapatos siguen ahí. Inmóviles, inertes. Un taxi para obstruyendo mi visión, dejando la puerta trasera sobre ellos por donde una mujer se baja y ayuda a otra mujer más vieja a bajarse justo sobre los zapatos. Los miran y comentan algo acerca de ellos. Dejan el taxi y este se mueve. Los zapatos siguen ahí.
Domingo once de la mañana, la feria está repleta. Cientos de feriantes ofrecen sus productos y miles de transeúntes los contemplan. El sol desde una posición invernal calienta los abrigos. Un hombre con su vestimenta añeja y gastada se para frente a un puesto. Consiste en una lona extendida sobre el pavimento con innumerables y diversos objetos. Juguetes roñosos, adornos, revistas viejas, candelabros, planchas de hierro, latas de galletas, pósters, una maquina de escribir, botellones, algunos discos, ropa, herrajes, armazones de lentes, libros, carteles publicitarios viejos, un par de zapatos, algunos controles remotos, un cuadro con su marco y otros tantos. Pero a él le llama la atención los zapatos. Se encuentran en muy buen estado para el precio pedido que se anuncia con drypen sobre un cartón. Levanta uno de ellos y calcula a ojo que son del tamaño de su pie. Sin mediar palabra con el vendedor, busca en su cartera la cantidad justa y se los alcanza al puestero, no sin antes levantar el otro zapato. Con ambos bajo el brazo y encaminándose contento a su hogar, deja la feria. Era una muy buena compra y eso lo alegraba. Para él eso era suficiente.
Son las 9:20 y lo que espero o a quién espero no llega. Sigo contemplando los zapatos.
-¿Qué pasa con los zapatos de los muertos? jajaja -dijo, hamacándose hacia atrás en la silla, llevándose el vaso de grapa a la boca. Tenía una boina de paño a rayas oscura, a golpe de vista marrón. La barba blanca a medio crecer y una voz áspera. -Esa es otra historia -Yo te voy a contar qué pasa con el zapato de los muertos. -Acercándose a su interlocutor y apoyándose en la mesa habló bajo -Cuando nos llevamos el jonca fuera de la vista de las viejas que no paran de llorar, para ponerlo en el coche, aprovechamos para sacarle al muerto lo que se pueda. -Se hechó para atrás y miró a su alrededor, pero volvió a acercarse -No podemos sacarle el traje porque si la viuda pide para despedirse por última vez, sonamo’, pero la mayoría de las veces le afanamos los zapatos...total...no los va a usar más...Cuando los tiene, claro. Muchas veces solamente lo visten arriba porque la parte de abajo queda tapada…Y bueno, después nos vamos turnando con los muchachos para ver quién se los queda. El último par me tocó a mi. Pero como estaban un poco viejos se los dí a un vecino que los necesitaba. Ahí andan ahora, pisando al ritmo de los tambores en Palermo -Esta última frase la dijo con aire indiferente, buscando cambiar de tema, y hamacándose nuevamente.
9:33. Ya no va a venir. Me bajo del auto y camino en diagonal. Me paro sobre ellos y los miro. Me tiento con agarrarlos. Son de buen cuero indudablemente. Un poco vencido. La suela está gastada. No los necesito. Vuelvo al auto.
“El negro” como lo conocían sus amigos, y como le decían los desconocidos, tenía toda una vida de tamborilero. Se crió en el Barrio Sur, en un conventillo. Pobre, como todos. Vivió la vida a los tumbos, como muchos. Pero desde chico, nunca se lo vio faltar un domingo ni a él ni a su tambor, como a pocos. Sesenta y cinco años dedicados al repique. Cuando murió, sus compañeros de comparsa le rindieron cientos de brindis y decenas de homenajes. Entre ellos, un último candombe. Ese domingo de tormenta llevaron sus zapatos y su tambor y los pusieron en el medio de la calle. Ahora cuentan en el barrio que los truenos sonaban al ritmo del candombe. Después del último repiqueteo, la comparsa se diseminó despacio bajo la lluvia y el par de zapatos quedó en la esquina, con una flor encima.
9:45. Me bajo del auto y camino nuevamente hacia los zapatos. Algo de ellos me llama la atención y no puedo dejarlos. Pero tampoco me parece justo llevármelos. Me saco los míos, y los dejo en su lugar.
