Llegó a su casa cansado como de costumbre, acompañado por el sol que desaparecía en el horizonte. Siempre lo veía surgir, pero nunca ocultarse. Era humilde y chica. Ingresando se veía a la derecha una mesada simple con una pileta. Junto a esta una pequeña estufa de leña. Dos taburetes y una mesa completaban el rincón. Hacia el otro costado se podía ver la puerta que accedía al baño y una segunda puerta al dormitorio. El piso era gris, el techo de paja y los tirantes que lo sostenían, de madera. Aún en los días más soleados la casa era oscura. Lo primero que podía identificar al entrar a la vivienda no era un objeto inanimado, sino que por el contrario, a su perro que se abalanzaba cada día sobre él. Durante unos minutos, se agachaba para retribuirle el saludo. A esa altura de la vida, el perro que una vez apareció en la puerta de su casa huyendo de una gran tormenta, era el único ser vivo con el cual mantenía un vínculo afectivo. No es que el viejo fuera un ermitaño. Pero una vez que su mujer lo había dejado, se había vuelto más parco. Ella había sido su pasión durante varios años. Todavía, en las noches acostado boca arriba, envuelto en un absoluto silencio, recordaba su cuerpo caliente y desnudo que lo abrazaba y el contacto con su piel lisa y blanca. “La vida sigue”, se decía para darse fuerza, y poniéndose de costado apagaba la luz y dormía.
Una noche, había decidido arreglar la gotera que se hizo evidente algunos días atrás. La condición de dos aguas del techo, le exigía subir hasta el último escalón, para luego estirarse y aún así llegar apenas y con dificultad a maniobrar. Colocó la vieja escalera bajo la gotera, tomó el alambre y las pinzas y comenzó a subir. Estando arriba comprobó que no la había fijado de forma correcta cuando ésta tembló bruscamente. Obrero experiente, esto no debería haberlo asustado, sin embargo, producto de su vejez, cansancio o nervios, las piernas le temblaron. El equilibrio comenzó a disminuir a medida que la impresión de que caería aumentaba. Intentó minimizar la oscilación de sus piernas y de la escalera agachándose y tratando de sujetarse de la punta, pero en ese instante el pie izquierdo zafó del escalón. Ya no había marcha atrás. La caída era inminente. Cayeron las herramientas que soltó por instinto al querer agarrarse de algo en vano. Su cuerpo perdió la posición vertical y comenzó a inclinarse hacia atrás. Sujetado de un costado de la escalera, no hizo más que traerla consigo. La caída que lo esperaba sería de unos tres metros y medio, pero potenciada por un recorrido de parábola que realizaría su cuerpo. Finalmente todo empezó a girar. Primero desaparecieron las paredes y lo único que veía era techo. Movió la cabeza buscando girar todo el cuerpo y se vió a la altura de las ventanas, luego de la mesada y luego vió a su mismo nivel al perro que huía asustado por el estruendo y el movimiento brusco y por último, antes de golpear el piso, pensó dónde había dejado la caja de herramientas y si caería sobre ella o no.
El golpe fue seco, pero no dolió. Aturdido, tendido de espaldas levantó primero la cabeza. Miró a su alrededor y se tomó unos segundos para recomponerse. No pudo pensar mucho acerca de la suerte que había tenido al no lastimarse porque el tronar de la puerta anunciando visitas lo distrajo. Quién sería, se preguntó. Nadie que haya sentido el ruido. Su vecino más cercano estaba a no menos de un kilómetro. Con poca dificultad se incorporó y se dirigió a hacia allí. Quedó tieso cuando la abrió. Veinte años pasaron desde la última vez que la había visto. Sin embargo lucía como siempre.
La invitó a entrar a lo que una vez fue la casa de ambos. Ella aceptó. Durante un tiempo conversaron a la luz del fuego, compartieron un vino, miradas y caricias. Parecía como si el tiempo no hubiera pasado. Como si todo lo que compartían se hubiera congelado hasta esa noche. Recordaron sus mejores épocas, desde el día en que se conocieron y cada uno de los años que vivieron juntos. Por un instante volvió a sentirse feliz. A medida que siguieron conversando, acercándose al tiempo en que se separaron ella comenzó a perder la alegría. La sonrisa cada vez era más difícil de encontrar. Sus ojos comenzaron a tornarse tristes y su piel pálida. Él sintió un nudo en el estómago. Sentado frente a ella, sosteniendo sus manos le preguntó qué le pasaba. Una lágrima cayó de su ojo izquierdo y él la detuvo. Tenía la misma apariencia que había tenido los últimos meses que pasaron juntos. Se paró de inmediato cuando los recuerdos le vinieron a la mente. Su enfermedad, su agonía y su muerte. Exaltado y sin entender qué estaba pasando, recordó la gotera y la escalera. De inmediato miró el lugar y se vió tendido en el piso. El cuello parecía roto formando un ángulo de noventa grados sobre la caja de herramientas. El perro que hasta ese entonces había olvidado, estaba acostado junto a su cuerpo inerte.
Comprendiendo lo que había sucedido, volvió a mirarla. Ella había recuperado la sonrisa y parándose le susurró al oído: “te estaba esperando”.