La azotea

Estás mirando el cielo. Apenas unas nubes cortan con la monotonía del azul intenso. En tu mejilla izquierda percibís el sol de la tarde calentar la piel. No sentís las piernas, es mejor así. Lográs girar la cabeza buscando contemplar tu entorno. Es todo el movimiento que podés hacer y te das cuenta que ya no te vas a volver a levantar. Repetís el instante en tu cabeza: la azotea, la distracción y la cuerda entre tus piernas. La pérdida de equilibrio, la caída y el golpe. Y ahora, la total ausencia de dolor. ¡Cómo te gustaría sentir dolor! Pero nada. Una gota de sangre te corre por la frente, pasa junto a tu ojo y se detiene en la comisura de tus labios. No sentís el sabor al hierro. En ese instante ves que tu perro se acerca. Luce inquieto, te mira y te lame. Tampoco sentís la humedad de su lengua. ¿Estará enfermo? – te preguntás. Sí, debe estarlo. Y los ojos se te cierran.