Me desperté temprano con el sol de la mañana en la cara. La caja de cartón seguía húmeda y débil por el rocío. Un vecino la había colocado en la conjunción de Ferreira Aldunate, Carlos Gardel y la Rambla, de costado bajo un cerco para protegernos de las heladas invernales. Cada tanto nos visitaba con un plato de comida y algunos trapos viejos que nos servían de abrigo. Allí vivíamos mi cría y yo.
Me levanté entre gemidos de los cachorros que buscaban alimento. Ya no podía amamantarlos, sus dientes como agujas me lastimaban. Salí de la caja y recorrí el pedazo de pasto que tenía por delante. Ellos comenzaron a despertarse y la bola uniforme de pelos fue transformandose lentamente en seres individuales.
Mastiqué algunas pastillas de ración blandas, tomé un poco de agua de un recipiente blanco y me desperecé al sol. Estiré mis patas delanteras mientras agachaba la cabeza a ras del piso. Mis patas traseras permanecieron rectas, y mi cola en lo alto. De a poco y sin moverlas, adelanté la cabeza al mismo tiempo que la levantaba.
Volví hacia la caja, miré a mis cachorros, comprobé que todo estaba bien y decidí caminar. Inicié el recorrido por Ferreira Aldunate, acera oeste, donde iluminaba directamente el sol. Cada pocos metros me detuve a olfatear el pasto todavía húmedo, con el clásico olor a mañanas de agosto. La cabeza erguida y la postura altanera me caracterizaban. Caminé disfrutando del paseo, pero sin perder el cuidado. Un año de vida en la calle me había enseñado lo suficiente para no hacerlo.
Ya casi en la esquina, dos personas se agacharon e intentaron tocarme, los miré desconfiada y reculando les ladré. Con cara seria, enfrentandolos realicé pequeños brincos, mientras que expedía una voz punzante y seca. Dos o tres ladridos. No más. Se incorporaron y se fueron murmurando.
Crucé la calle atraída por un olor fuerte proveniente de un montón de basura. No era muy tentador y emprendí el regreso creyendo escuchar a mis cachorros llorar. Estaban esperando en la caja por un poco de alimento.
Llegué y los contemplé unos segundos. Eran cinco cachorros de tonalidades que oscilaban entre el marrón claro y el marrón oscuro. Tres, eran machos, dos, hembras. Hijos de un padre que no podría identificar. Tenían los ojos apenas abiertos. Alternaban el tiempo entre juegos y sueños. Era mi primera cría. Era mi primer tesoro.
De a poco ingresé en la caja y me hice de un lugar contra el fondo. Debía hacer un esfuerzo. Ellos se abalanzaron sobre mi y empezaron a mamar. Dormité con el sol abrigandome. No se cuánto tiempo pasó. Me desperté sobresaltada por ladridos y quejidos. Me incorporé y de inmediato pude reconocer una pelea al otro lado de la rambla. No dudé un segundo y comencé a correr hacia allí. Salí de la caja. Atravesé el pasto a toda velocidad. Uno de mis cachorros siguió prendido a mi por unos metros.
En la carrera miré hacia atrás y vi a mi camada desorientada, viendo como me alejaba. Pensé que enseguida volvería para acurrucarlos nuevamente y hacerles entender que todo estaba bien.
Corriendo cada vez más rápido en dirección al mar, dejé el pasto, pisé las baldosas frías y bajé a la calle. Nunca pensé en el tránsito hasta que lo tuve sobre mi. Solo recuerdo que el auto era azul, tipo coupé y venía hacia mi rápido, muy rápido.
Me desperté aturdida, con el sol nuevamente en la cara. Pero esta vez me encontraba de lado sobre el pavimento, desorientada por gritos y frenadas de autos que se abalanzaban sobre mi. Una camioneta pasó sobre mi cuerpo todavía inmóvil. No olvido el rostro de su conductora moviendo la cabeza de un lado hacia otro y cerrando los ojos, resignandose a la única opción que tenía, esperando que las ruedas no me tocaran. Apenas me pasó por encima, me di cuenta de que debía salir de allí. Me incorporé y corrí para cualquier lado. Fue hacia las manos de una persona que desde el cantero central trataba de advertir a los conductores de mi presencia. Me agarró de la piel del cuello y me alzó en sus brazos. Me desmayé una vez más.
Recobré la conciencia en el asiento trasero de un auto. Me llevaron a una casa y me instalaron en un garaje oscuro y frío, sobre mantas viejas. Con abundante agua y comida. No la toqué. No me moví. Al otro día me subieron de nuevo al auto. Yo no entendía qué pasaba. Imaginé que me llevarían a mi caja, con mis cachorros. En cambio, me tuvieron toda la tarde recorriendo clínicas. Se pudo constatar que solo tenía una fisura en la cadera. Unos días de reposo fueron suficientes para reponerme.
Finalmente, me quedé a vivir en la casa de quienes me habían recogido.
Cuatro años después del accidente tengo todo. El plato siempre lleno. Caricias, juegos y paseos.
Pero por las noches, cuando estoy en la cama, abrazada por los dos, prontos para dormir, cierro los ojos y pienso en mis cachorros y en la caja de cartón.
Todas las noches el corazón se me comprime un poquito.