Génesis de un cuento

La habitación luce desordenada y acogedora.
De las paredes cuelgan cuadros antiguos, que no han sido limpiados recientemente.
En el rincón más alejado, una guitarra con las cuerdas desafinadas se apoya tristemente contra la pared desde hace mucho tiempo, y por mucho tiempo más.
A la izquierda dos sillones de cuero Chesterfield hacen juego con el piso de madera semi cubierto por una alfombra de diseño árabe. Un perro sobre esta, se lame sus partes.
Al fondo un atril de pintura con un bastidor vacío muestra el alma de un artista. Pinceles secos y pintura petrificada lo rodean.
A la derecha un escritorio grande abarca toda una pared. Sobre él, un portalápices lleno. Un vaso de vidrio con vino. Y un vaso de vidrio sin whisky.
Un viejo equipo de música yace desenchufado con el cable pelado colgando sobre él.
Una gran biblioteca se sostiene firme contra la pared, tupida de libros, carpetas y montones de hojas desordenadas.
La máscara de un arlequín cuelga de uno de sus vértices.
El tarro de basura contiene hojas impresas con poesía inacabada, arrugadas y en cantidad.
Contra el rincón más cercano del lado derecho, se encuentra el objeto más moderno del cuarto, una impresora de los años 90.
Dentro de un cenicero, un cigarro consumido despide un olor a ceniza insoportable.
El humo todavía flota espeso en la habitación movido por un ventilador de pie que gira lentamente.
Del techo, una bombilla sin pantalla cuelga iluminando todo con una luz amarillenta y tenue.
Las ventanas que dan al exterior están cerradas con sus persianas de madera bajas y cubiertas por polvo. Por las rendijas, entran haces de luz.
Un monitor grande y gris se apoya pesadamente sobre el escritorio.
El ventilador emite un sonido fuerte y monótono.

El ruido de las teclas comienzan a sentirse.