Los pájaros volaban

-Dámela!! -le dijo, con los ojos brillantes por una fina capa de lágrimas y llenos de pequeñas líneas rojas. Su cara estaba completamente roja. El pelo lacio, pegado en la frente por el sudor. Al hablar le caía saliva por la boca, como a un mongólico. O como a niño. La angustia lo había desbordado. Estiraba su brazo, con la palma hacia arriba, esperando que su amigo se la devolviera, mientras le gritaba. Había llegado a la casa en el momento justo, sacándosela de la mano. 

Estaban en alero. De una casa de balneario. Tres días antes él le había contado que se tomaría unos días para alejarse de esa situación que lo tenía tan abrumado. Era perfectamente conocida por ambos. Su amigo la había vivido junto a él desde el primer momento, haciendo lo imposible para apoyarlo. No era algo raro. Ya lo había hecho en otras ocasiones. Alejarse de la ciudad, de la rutina, de las mismas caras, las mismas cosas. 

-¿No seas estúpido, querés? -le dijo su amigo.

Él se quebró en ese instante! Las piernas se le flexionaron y cayó de rodillas, con los brazos extendidos a su lado y la cabeza gacha. Temblando por el llanto. No tenía nadie ni nada cerca de qué aferrarse para aguantar el dolor que le brotaba.

-¿Por qué!? -le preguntó.

-Porque sí…ya no aguanto!...no quiero seguir así…no puedo más. -Balbuceo entre cada bocanada de aire que tomaba, mientras el llanto no paraba. Nuevamente éste lo desbordaba, esta vez con la cabeza recostada en la pierna de su amigo quien se había acercado para consolarlo, mientras con la mano que no lo acariciaba, sostenía el arma.

¡Su amigo nunca había visto en alguien tanto dolor! Quería buscar palabras que lo consolaran. Pero no las encontraba.

- Dámela!!- volvió a gritar, esta vez más fuerte, en un último intento de compasión, realizando su mayor esfuerzo.

Su amigo se agachó lagrimeando, lo miró y lo besó en la frente. Había tomado una decisión, y desde ese momento sabía que comenzaría a llevar una carga difícil de dejar atrás. Sin pensarlo mucho se paró, dio media vuelta y dejó el arma arriba de la mesa. No miró atrás y comenzó a alejarse. Mientras caminaba se sintió mareado, confundido, arrepentido por lo que estaba haciendo, la garganta se le cerró y la vista se le nubló, sintió náuseas y se dio cuenta que se desmayaría. En la caída, semi inconsciente, vio como de las copas de los árboles los pájaros volaban asustados por un ruido ensordecedor.