El aroma después - Ismael González

La camarera rubia se le aproximó. Su uniforme negro y verde olía suavemente a almidón, y su cabello a shampú. Siempre agradeció a las mujeres esos olores lisos. Empantanado camino tendría por delante. De los sinuosos y resbaladizos. Esos sin agarraderas a los costados, sin árboles ni bastones. Me refiero a esos caminos nocturnos, tambaleantes, caminos torpes, apagados de luz, silenciosos y aromáticamente solitarios.

Enfiló la vista a través del sol rubio que le caía a ella más allá de los hombros y cerró sus ojos. -por favor, bailemos- pensó, mientras se apagaba la luz y se retiraba lentamente hacia adentro. Lo último que vio fue como la camarera buscaba en su bolsillo una libreta para anotar el pedido.

Dejó caer la cabeza hacia atrás, progresivamente, hipnotizado. Infló el pecho. Se llenó los pulmones de olores. Como degustando un vino fino, la olió convidándose de ella. El olor a champú no existe más que por la mezcla de otros olores. Es como el campo, no huele. Junta olores. Exhaló, desinflando el pecho y la volvió a respirar. Reconoció hojas verdes, resecas sobre el pelo húmedo y escuchó -claro, si tú me guías-. Extendió su mano al encuentro de la de ella y se levantó empujando la silla hacia atrás para liberar la pista de baile. La tomó de la cintura y se la acercó, cuerpo contra cuerpo. Una mano en la cintura, la otra a la altura de los hombros, enlazados.

En una cafetería en el medio de la ciudad, dos personas se regalan una pieza lenta de baile. 

No había música. Decidió tararear un blues movido, con el volumen exacto para que solo ellos dos lo escuchasen.

Él la guiaba y ella, como habían cumplido su pedido, se sentía cómoda. Los pasos eran secuencias de uno. Tenían un espacio reducido y si bien bailaban con libertad y soltura no podían agitarse demasiado. Cada tanto él la hacía girar apurando el paso y ella lo seguía confiada. De improvisto la acercó de un tirón, hasta quedar completamente pegados, y la abrazó por la cintura juntando sus manos en la base de la espalda. Ella se sorprendió y se quedó parada en puntas de pie, mirándolo fijamente a los ojos desde la misma altura. No lo estaba desafiando, era una mirada expectante. Él la miró también, fijo a los ojos. Por un momento dejaron de bailar. Estaban quietos y el tiempo también. Lentamente fue acercando su cara contra la de ella, cada vez más cerca. Las miradas confundiéndose en una sola, entrecruzadas. Cuando estaba a punto de tocar su boca, la esquivó y se hundió en su melena, enviciándose de olores.

Si todas las cosas tienen un porqué, el porqué de los olores es recordar.

La olió en una gota de sudor que le recorrió el cuello. La vio formarse en el lóbulo de la oreja y reconoció el olor del miedo, tiernamente infantil. El olor que desprende la sospecha de que algo está por terminar. 

La gota se colmó de sudor y se preparó para caer.

Fue en el aire cuando cambió la esencia. Era un olor fingido. Del deber ser y no del querer. Fue la fragancia que desprendió, no la que eligió. Como él reconoció el olor la apretó con más fuerza, casi sosteniéndola como viendo más allá del cuerpo. Ella se dio cuenta y se lo agradeció, en silencio. La gota tocó el cuello y avanzó milimétricamente e irracional, agua sobre agua. Ahora el perfume era curvo, como el sexo. La fragancia del agua de cuerpo. La pensó desnuda, desnudándola. Arrancándole la ropa con la torpeza de las manos, sin cuidados ni sutilezas. La imaginó indefensa como una fiera acorralada pronta para atacar con la fuerza del placer femenino.

Siguió cayendo hasta que la esférica gota de sudor tocó el borde del bretel y desapareció.

- Y si nos vamos- le dijo, y ella aceptó. Se sacó el uniforme pesado de camarera y salió por la puerta más mujer que antes. Se subieron al auto de él y rieron rígidamente con los nervios que desprende la adrenalina. Condujeron dos kilómetros hasta que pararon bajo un puente de madera, al borde de un lago negro partido al medio por el resplandor de la luna llena. No hablaron durante todo el camino. No se preguntaron ni indagaron en nada, no hacía falta conocerse porque ya se habían olido. Se desabrochó el cinturón de seguridad y la miró. Ahora sí, avanzó decidido a no esquivarle la boca y cerró los ojos justo antes de besarla. En ese mismo instante un sonido indecible martillaba desde las entrañas y se volvía cada vez más insoportable. Cada vez más fuerte y más constante. Afinó el oído y escuchó una voz fétida que lo traía de vuelta para afuera:

-Señor… qué cual va a ser su pedido.-

Entreabrió los ojos como despertando de un sueño, molesto por esta interrupción y la vio, parada a un metro de distancia con la punta de la lapicera apoyada sobre el papel. 

-¿Lo que?- alcanzó a balbucear.

-Por tercera vez se lo digo y no quiero repetírselo, ¿qué quiere ordenar?-

Se la quedó mirando, con la mirada perdida. 

Ella se dio medio vuelta y se fue hacia el mostrador sin comprender nada de lo que pasaba. Era la parte su trabajo que menos le gustaba. -Otro lunático- pensó, pero justo cuando pensaba en ello se dio media vuelta y lo miró.